El nueve de julio.
Hace dos años, en 2023, éramos un grupo de trotskistas expulsados del Nuevo MAS que se estaban acercando al Frente de Izquierda. Nuestro planteo era hacer “un gran acto” en el Día de la Independencia para intentar “ganarles la fecha” al peronismo. La idea era que desde la izquierda queríamos independizarnos del FMI, como hace más de doscientos años nos habíamos independizado del Imperio español. Fuimos a plantearlo a los plenarios del Frente de Izquierda, lo charlamos con las direcciones e hicimos volantes explicando “la necesidad de poner en pie este acto”.
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La anécdota, tierna e ingenua, esconde que nuestro planteo tenía un objetivo aún mayor: empezar a discutir con la izquierda la necesidad de dotarnos de un programa específico para la Argentina, que incluyera la importancia de la lucha por la soberanía nacional, con el objetivo de ir a disputar las bases del peronismo en el marco de una suerte de frente único. Es decir, éramos un grupito de no más de 20 militantes que querían influir en un conjunto de fuerzas de izquierda que reúne aproximadamente 10 mil militantes, para luego impactar en el peronismo, con capacidad de movilizar cientos de miles y votado por decenas de millones, para enfrentar al Fondo Monetario Internacional y, finalmente, cambiar el destino de nuestro país… ¡Cuánta voluntad!
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Dos años después de esa pequeña aventura, miro para atrás con cierto aire cínico y me veo inocentón y medio boludo. Por todo esto, me pregunto: ¿estaré fundido?
Un fundido es alguien que dejó de militar porque se le agotó la fe en la posibilidad de “cambiar las cosas” o, en el caso trotskista, de “hacer la revolución”. Claro que en estos círculos no se habla de “fe”, sino de “comprensión política”. Desde el ángulo de los fundidos, no admitimos que nos haya pasado algo con nuestra “comprensión”. No aceptamos haber dejado de entender algo que antes sí, o que en realidad nunca hayamos entendido nada. Entre muchos de nosotros, sobrevive una suerte de soberbia cínica. Creemos que el mundo no se puede cambiar, que el capitalismo sigue su curso inmodificable, y que ahora lo vemos con mayor claridad porque ya no estamos atrapados en ese entramado social de secta donde vivíamos en nuestros años idealistas.
Algunos fuimos dirigentes. Tuvimos un compromiso militante intenso y disfrutamos del reconocimiento —o incluso la admiración— de varios compañeros, más allá de alguna que otra rivalidad. A veces me imagino las teorías que mis ex compañeros deben armarse alrededor de mi fundición. Probablemente, ninguna. Siempre representamos menos para los demás de lo que creemos.
El término “fundir” se usa acá en una acepción mecánica. “Se le fundió el motor al auto” o “tengo un Corsa fundido”, por ejemplo. Pero también existe una acepción más antigua, vinculada a la metalurgia: los metales que se derriten y se mezclan, como en una planta de fundición de acero. De ahí deriva otra metáfora, íntima y poética: “se fundieron en un abrazo”.
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En la jerga troska alguna vez escuché la frase “se fundió en la clase”, refiriéndose a un estructurado de fábrica que dejó de militar, empezó a construirse una casa en un terreno y se dedicó a formar una familia. Los estructurados de fábrica suelen ser jóvenes universitarios de clase media que deciden ingresar como obreros a una planta. El objetivo es infiltrarse en estructuras laborales con peso sindical, ganar posiciones dentro de los gremios industriales.
Por supuesto, el estructurado no revela que es militante. Lleva una doble vida durante años, se hace amigo de sus compañeros y busca convencerlos muy gradualmente. “Lo primero es social, lo segundo es social, lo tercero es social y lo décimo recién es político”, escuché mil veces.
Ese estructurado que se había “fundido en su clase” ahora se parece más a cualquier otro laburante que busca salir adelante con su familia. Es una retirada a la vida privada, lejos de los asuntos públicos.
Tanto el fundido en su clase como el fundido a secas suelen ser mirados con recelo por los militantes. A su vez, muchos fundidos miramos con cierta condescendencia a quienes siguen militando. Tal vez sea un mecanismo de defensa. “Ellos son tontos, no se dan cuenta del sinsentido de sus actos, por eso está bien que yo no milite, aunque en el fondo, moralmente, crea que está mal”, podría rumiar un fundido para sí.

En mi caso, no creo estar fundido en la clase, ni haber fundido el motor de la política. Por un lado, soy pobre. Enfrento cada una de las vicisitudes del periodista que no llega a fin de mes, atrapado en el pluriempleo, haciendo equilibrio entre la supervivencia y la calidad de su trabajo. Pero también soy raro. Terriblemente raro. Alejado del resto de mis colegas. No estoy fundido en la clase porque no me fundo con nadie.
Por otro lado, la política me sigue apasionando. Me corre sangre por las venas cuando veo el choque de ideas, las internas, las tácticas. Gran parte de mi trabajo es escribir textos que analizan el devenir del Gobierno y lo cuestionan. Llegan a decenas de miles de personas. Quiero creer —aunque suene berreta— que sigo militando, incluso con más impacto que antes.
Todavía estoy procesando lo que dejó mi expulsión. No solo me enseñó sobre el trotskismo y mi antiguo espacio. También me dejó preguntas sobre la política como fenómeno. Si la política es, por definición, la disputa por el poder, ¿qué lugar tiene la disidencia dentro de un espacio propio? ¿Se le puede pedir a un dirigente que respete un contrapoder dentro de su propia herramienta para pelear por el poder? La mayoría de los partidos están dirigidos por una sola persona o por un círculo muy reducido. ¿Cuánta disidencia entra ahí?
Si la política es, por definición, la disputa por el poder, ¿qué lugar tiene la disidencia dentro de un espacio propio?
Estoy repensándolo todo. Si no va a haber revolución socialista en lo inmediato, ¿no deberíamos intentar ganar elecciones para que los trabajadores la pasen lo menos mal posible? Si es así, ¿no habría que aliarse con partidos de la burguesía? ¿Cómo se relaciona lo que hacemos en un período no revolucionario con la preparación de una salida anticapitalista? ¿Cómo podemos esperar que un eventual gobierno de los trabajadores sea democrático si quienes deberían llevarlo adelante no lo son ni dentro de sus propios espacios, con apenas cientos de militantes? ¿Vamos a esperar grandes gestos democráticos de dirigentes que se desquician con una crítica?
¿Se le puede pedir a un dirigente que respete un contrapoder dentro de su propia herramienta para pelear por el poder? La mayoría de los partidos están dirigidos por una sola persona o por un círculo muy reducido. ¿Cuánta disidencia entra ahí?
En resumen, más que con el motor fundido, me siento en boxes. Apenas termine de ponerme a punto, espérenme en la pista. No sé cuánto va a tardar, pero habrá señales.
A mi me parece que El problema de la militancia de izquierda no es que sea trostkista, es que sea Morenista, disfrazada de trotskismo. Nahuel Moreno es el principal responsable de todas las desviaciones politicas y el autoritarismo en todos los grupos que formo solo es un aspecto de su personalidad. La desvalidacion de los otros ante los cuestionamientos, quebrar ideologicamente a los compañeros es terrorismo ideologico y este tipo es el principal responsable. Pero nadie se artreve a cuestionarlo aunque este bien muerto y el troskismo argentino queda manchado de oportunismo permanente. Si la izquierda argentina logra superarse y vuelve al marxismo puede haber una posibilidad para la clase obrera argentina pero si sigue en el mismo camino es una maquina de fundicion que te prepara para el peronismo, la mejor trampa que a la burguesia le ha servido en la historia para confundirnos.